“Creo en el libro como herramienta de transformación social”
La comunicadora y escritora Ana Sicilia, directora de la fundación AS que ya repartió 13 mil libros en 60 unidades penitenciarias de todo el país, charló con Microscopía sobre la historia de su institución, el poder transformador de la lectura y la necesidad de “soñar más con lo grande que con lo posible”.
Alguien desde una Unidad Penitenciaria le pide un favor muy grande a su mamá: “Tengo que darte algo para que me cuides”, le dice. ¿Qué lugar es más seguro que las manos de una madre? Tiene miedo que las requisas y los maltratos lo rompan o lo roben. Probablemente no lo entienden y quizá ni lo vean, como él no lo veía cuando estaba afuera, pero ¿quién necesita una llave cuando cree que no existen las rejas?
El Tótem del que hablamos, capaz de vencer cualquier picaporte, no es como los que se imaginan, es un libro que llevó una comunicadora y escritora a un taller de literatura y le hizo comprender el mundo de otra manera.
Entrar en sus páginas le fue ayudando a salir. Capítulo a capítulo su mente se expandía más allá de los candados, tanto que cuando cumplió su condena y se reencontró con aquella novela, ya hacía mucho que había experimentado la libertad. Bueno, de eso se trata.
Anita Sicilia es la comunicadora que provocó ese “match” entre el libro y el lector. Desde el 2013 trabaja en medios audiovisuales (aunque no le gusta la definición de periodista porque según cuenta “no se puede comparar con mentes como la de Rodolfo Walsh”).
Desde el 2017 que da talleres y lleva a pabellones, cárceles y lugares de emergencia, textos que van desde autoayuda a metafísica, pasando por novelas , yoga, poesía y política.
Microscopía: ¿Cómo comenzó este proyecto con el que ya llevaron libros y talleres de literatura a medio país?
Ana Sicilia: Todo empezó en 2017 con una charla que fui a dar a la UP9 de La Plata. Pero no fue algo de la noche a la mañana. Desde mi época de estudiante en la Universidad de Quilmes, en 2008 que empecé a replantearme ese discurso dominante de la inseguridad por todos lados y ese temor que generaba, quería saber: ¿qué pasa en las cárceles? ¿Cómo vive esa gente?
Ya en 2013, cuando empecé a trabajar en los medios, me tocó en Crónica presentar esas placas sobre robos y demás, que yo ya veía desde otro lado. Aquella duda que se me planteó en la facultad y ese recorrido en los medios me hicieron llegar al 2017 distinta. Fue una construcción que se fue dando, fue un entramado que fue creciendo dentro mío.
El hecho es que fui a dar la charla. Fui una, dos, tres veces, y los chicos me empezaron a decir si podía quedarme como tallerista. Al principio dudé por no poder cumplir, porque si me comprometía tenía que estar siempre. Yo soy de Burzaco y si das la palabra tenés que cumplirla. Primero empecé a dar talleres de escritura los martes (eso fue en 2018 y 2019). y vi que en el aula había un estante con dos libros llenos de humedad. Entonces yo decía que no podíamos hacer un taller de escritura sin libros. Enseguida armamos una primera biblioteca hermosa con 380 libros.
¿Y cómo se empieza a expandir a otras unidades?
Cuando ya tenía un tiempo dando el taller, un detenido de González Catán que había estado en La Plata me contactó por Facebook a ver si se podía llevar libros donde él estaba detenido.
Me invitó y yo fui como visita, sin conocerlo. Fue muy loco porque nunca había ido a ver a alguien detenido. Siquiera había entrado a una comisaría a hacer una denuncia. Yo era muy ajena a ese mundo.
Cuando lo conocí me presentó a las autoridades de la cárcel y me preguntó si podía dar el taller ahí también.
Lentamente cada detenido que era trasladado empezaba a contactarme y a pedirme lo mismo en sus nuevos destinos.
¿Y así nace la fundación?
Desde hace 8 años, fue creciendo por la demanda de los detenidos. Hace dos años armé la fundación con mis amigas íntimas. Cada cual, según su profesión y sus ganas, participa porque sienten ese mismo impulso de ayudar.
Tenemos la mitad del país recorrido, más de 13 mil libros donados, en cárceles, en hogares de niños. Ahora estamos trabajando en una aldea en Misiones, a la que además llevamos mobiliario escolar, que no tenían. Muebles que hicieron desde las cárceles y gracias a eso la escuelita ha comenzado el ciclo lectivo con biblioteca, libros y muebles propios.
El libro, la lectura y la educación en general en personas que la están pasando mal ¿son una forma de expandir su mundo y poder soñar un futuro mejor?
Sin duda. Y es algo recíproco, cuando a mí me abren el candado de una celda, me enseñan sobre un mundo que desconozco y ellos a través de los libros que llevamos pueden salir de la jaula en la que están.
Con los libros, damos charlas y hablamos mucho de los sueños y no de cualquier sueño, sino de soñar en grande. Se abre un debate y yo suelo preguntarles: ¿Cómo les gustaría que los recuerden? ¿qué les gustaría hacer?.
Les digo que “con prepotencia de trabajo”, como decía Roberto Arlt, es muy posible que esos sueños se cumplan. Hay que ponerle ganas, laburo, esfuerzo, pero se puede. Es uno de nuestros ejes, soñar, pero soñar en grande. No quedarse en lo inmediato, en lo que está a mano.
Creemos en el poder transformador de los sueños y para eso la lectura es imprescindible, porque potencia eso. Nos hace conocer otros barrios, otros lugares, otros mundos. La lectura a veces parece ser un poco subestimada (igual que la educación), pero tiene un gran poder transformador, siempre de lo individual a lo colectivo.
¿Hay libros que sean hits, que sean un “fuerte al medio”, que creas que son ideales para que empiecen a leer?
El año pasado llevé a dos unidades “El niño Resentido” de Cesar González y fue como decís vos “Fuerte y al medio”. Como una patada en el pecho. Muchos que no habían leído nunca se engancharon de una manera que no te puedo explicar.
Lo leíamos en voz alta, cada 15 días y cada vez que volvíamos al penal estaban más compenetrados con la historia. Ese libro creo que es casi de lectura obligatoria. Porque los engancha, los linkean con anécdotas de su vida, de barrios que conocen, de bandas, etc. Es tan su idiosincrasia, tan su vida diaria que hace que cuando lo leemos no vuela ni una mosca.
Pero, tenés de todo. Y te doy unos ejemplos: una vez entré a la unidad 3 de Rawson y me paró un detenido. Me dijo: “¿usted tiene, para mí, El príncipe de Maquiavelo? Sino no quiero nada”.
Después me pasó en Olmos que un chico casi en secreto me pidió algo de Gabriel Rolón, o una vez en Entre Ríos, un detenido me pidió “algo de metafísica”.
Pero hay varios libros que pasan por todos los temas que te imagines: autoayuda, novelas, metafísica, yoga, política. Todos y cada uno pueden contactar con un lector determinado que lo espera.
¿Qué historias te marcaron de los detenidos?
Hace unos meses me escribió la novia de un chico que visité hace dos años en Chaco, diciendo que gracias a la visita de la fundación, no solo terminó los estudios sino que empezó a escribir un libro.
También hace un tiempo me enteré que el libro que le di a un detenido en Trelew, ahora lo tiene la mamá, porque tenía miedo que se lo rompan en una requisa, tal fue el valor que para él tuvo esa lectura. Cuando salió lo primero que hizo fue retomar los estudios y recuperar su libro. Ese libro le abrió la cabeza. No es el libro en sí, mucho menos yo, sino que justo en ese contexto apareció aquel libro y él hizo su esfuerzo y trabajo.
Una vez, un ex detenido de Ituzaingó me dijo: “Anita, ¿cuándo llevamos libros a mi barrio? Quiero que los llevemos al instituto en el que estuve cuando era guachin y de donde me fugué. Sé que lo necesitan”.
¿Hay veces que sentís que lo que haces es un grano de arena en el desierto en personas que por ahí necesitan lo básico antes que la lectura?
Si, puede ser. Tratamos de ayudar en lo que podemos. Desde la Fundación o desde las personas. Pero yo lo único que tengo son libros, el que quiera tomar estas armas que las tome y las use para su viaje personal hacia lo colectivo. Sé que no soluciona todo, pero les prometo que vale la pena.