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Ángela Peralta Pino, alma de docente itinerante

27 Marzo 2019

A mediados del siglo XX, los maestros rurales cumplían un rol fundamental en la alfabetización de la población, posibilitando el acceso a la educación básica de niños de regiones alejadas de los centros urbanos. Una de ellas fue Ángela Peralta Pino, una pionera que con su escuela rodante enseña en las zonas más aisladas del norte santafesino.

En un ambiente rural disperso, las distancias, las condiciones climáticas que se agravan por las dificultades que presentan las vías de comunicación, las ocupaciones de los niños en tareas rurales, son todas circunstancias que conspiran contra una regular asistencia escolar.

La alternativa a esa situación llega en 1940, cuando a los 39 años Peralta Pino se consolida como la primera maestra de la Escuela Rodante 942, compuesta por un viejo vagón de ferrocarril reacondicionado, transformado en un aula.

Un espacio de un tren, pintado de blanco, con dos puertas, al pie de las cuales se ubican dos escaleras, fue reacondicionado para cumplir tales funciones. Se lo divide en dos partes: una destinada al aula –donde se ubican dos hileras de bancos, el pizarrón y un escritorio- y el otro sector, destinado a vivienda de la maestra.

La 942 funcionó durante 22 años y sobrevivió a diferentes crisis de la historia argentina.

Maestra rodante/ Ángela por educadoras

JULIA LESCANO, Primaria 67 de Bahía Blanca

“¿Cómo se explica el entusiasmo, la fuerza inquebrantable, la entrega docente de Ángela Peralta Pino, quien sea quizás el modelo más cabal de la maestra rural argentina? Una sola palabra, en mi opinión, sintetiza la respuesta: vocación.

Enseñar en las aulas situadas a kilómetros y kilómetros del confort de las ciudades, donde la infraestructura facilita tanto las cosas, significa un esfuerzo enorme para cualquier maestro. Sin embargo, todo contratiempo queda atrás al terminar la jornada, porque la satisfacción que brindan los resultados de ese día compensa, incluso, cualquier sacrificio”.

MIRTA RECAYTE, Primaria 40 de Bolívar

“Ángela sentía un gran compromiso con la educación, trabajó para que sea un derecho para todos los niños, niñas, jóvenes y adultos. Esto la llevó a replantearse qué hacer  para alfabetizar a las familias, pero respetando sus singularidades. Su responsabilidad como educadora era provocar el deseo de aprender.

En su gestión como docente rural podemos destacar algunos aspectos más relevantes: explorar las realidades del lugar y visibilizar que era necesario alfabetizar a los que se encontraban viviendo en zonas inhóspitas; trabajar en forma conjunta para poder concretar su proyecto; darle sentido y significado a la vida en el lugar de trabajo; y que el modo de hacer es constituyente de su ser”.

LILIANA I. ARRÓ,  exinspectora y profesora de Bahía Blanca

“Conocí la historia de Ángela Peralta Pino, aquella maestra caracol que recorría el monte santafecino en un viejo vagón de tren, pobremente adaptado para una pequeña  aula y también para su vivienda. Desde su escuela rural rodante –aún sin haber podido lograr su título habilitante– recorrió y trabajó incansablemente llevando la alfabetización y la compañía civilizadora de su escuela hasta los rincones más apartados y olvidados”.

LÍA GONZÁLEZ, Primaria 20 de Bolívar

“Estamos atravesando un tiempo en que es necesario redescubrir las historias como la de Ángela y de todas aquellas docentes que son un ejemplo para las que continuamos transitando por las aulas, y de esta manera contagiarnos de su pasión, empatía y compromiso, para que nuestros alumnos inmersos en diferentes contextos encuentren en nosotras ese faro que marcó y marcará la presencia de la escuela”.